martes, 27 de octubre de 2009

Liet Internacional

Ya tamos preparaes y cola maleta fecha. ¡Pa Frisia!

jueves, 22 de octubre de 2009

Cuando el amor berra así, de esta manera, uno no se da ni cuenta...

Son como las siete de la mañana, cuando llegamos a lo que será nuestra atalaya durante este amanecer.
No se para vosotras, para mi, el pronunciar la palabra “atalaya” me trae recuerdos de Felix Rodriguez de la Fuente y su Lirón Careto. Incluso si me esfuerzo, de los pesaos que venden la palabra de dios puerta a puerta. Je, que cosas.
Sigamos.
Pablo, que hoy oficiará de guía experimentado, nos comenta que en el lugar donde nos encontramos, el día anterior pudieron verse cruzar unos cuantos machos. Aunque nos previene y con la boca pequeña nos dice, que como hoy no berran tanto como ayer, que no esperemos gran cosa
Poco a poco va amaneciendo. Varios bramidos en frente, un par de ellos a nuestra derecha y uno tímido a nuestra espalda, el que nos dará la alegría.
Con el sol ya varios centímetros por encima del la línea del horizonte vemos la primera hembra. Está tan mimetizada entre los helechos secos que promueve la discusión de si será o no será. Pero no es hasta unos minutos después, que vemos al timidin entre unos árboles, corriendo a media ladera, fogoso detrás de una nueva hembra. Otras cuatro le siguen. Él intenta, intenta pero no consigue gran cosa; lo único, mantenernos atentas durante una media hora, el tiempo necesario para hacer las chanzas oportunas y decidirnos a subir a la cumbre de Peña Mayor. Las ganas de ver y sentir a los venados berrar, las sustituimos por los bramidos que damos nosotras cuesta para arriba, queriendo aprovechar al máximo el día que se avecina.


P.D.: El tiempo de celo de los Venados va de septiembre a octubre y es durante ese espacio que se les suele sentir al amanecer llamando la atención de las hembras con sus bramidos. Si se tiene suerte, también se puede ver y oír como se pelean entre ellos. Vamos, mas o menos como nosotros, lo único, es que nuestro tiempo de celo dura de enero a diciembre.

jueves, 15 de octubre de 2009

Alfred

Recuerdo el día en que conocimos a Alfred. Un día deslucido, con el sol arrinconado por las nubes y la mar no queriendo dar una oportunidad a aquellos minúsculos aprendices de surfistas, con sus tablas y sus neoprenos, atentos a las indicaciones del profesor en aquella arena húmeda y fría.
Nosotras, por nuestra parte, nos dedicábamos a pasear entre las dunas de la playa, deteniéndonos cada poco a observar el devenir de la vida, escapando del tedio de aquella mañana gris y aburrida.
En un primer momento no nos dimos cuenta de su presencia, la cámara silo se fijaba en los juncos y en el movimiento del agua, pero allí estaba, mimetizado. Fue después de un rato cuando lo sentimos mirarnos arrogante, en actitud chulesca, bacilón, con un punto de altivez y en gran medida resuelto a dar el espectáculo.


Por lo que mas tarde nos contó, pertenecía a una familia acomodada. Había nacido en un mullido nido de plumas, virutas, líquenes y demás elementos susceptibles de ser usados en la dignidad de un hogar. Se jactó también de tener una innata virtud; ya desde pequeño, tocaba en demasía los güevos. Al ser el primero en nacer con respecto a sus hermanos y hermanas, aprovechaba para pasearse por encima de sus ovo-receptáculos, con el único y simple propósito de demostrarle a sus progenitores que él estaba por encima de todo, y sobre todo, de todos.
A estas alturas, el crédito que le estaréis dando a estas palabras, debe ser proporcional al que nosotras le dimos en aquel momento a aquel pato insultantemente insolente. Pero que queréis, después de descubrir la capacidad verborreica de Alfred, como que nos daba un poco igual si lo que contaba tenia sentido o no, ya era suficientemente raro estar allí en medio escuchando hablar a un pato.
Cuando ya la confianza fue mutua, Alfred nos explicó que estaba en esa edad peligrosa donde la soledad limita al norte con el afán de crear una familia y al sur con el pertinaz deseo de ser libre todo el tiempo posible. Sin contar con que el este tiraba de él con instintos migratorios, mientras que el oeste le empujaba por su parte al acomodaticio bien estar de esa pequeña laguna en la que se encontraba.
Al final, como queriendo zanjar la charla y sin mas preámbulo, nos despidió con un adiós muy buenas y se fue entre risas.
Como comprenderéis, nosotras tardamos un rato en reaccionar y en ese breve espacio de tiempo volvió a aparecer y nos espetó a modo de excusa:”prefiero esconder la cabeza, antes que como vosotras, meter la “pata”, y resalto esta palabra, hasta el fondo”.


Al final del día y tras mucho mirar las fotos que nos había dejado hacerle, caímos en la cuenta de que se había estado riendo de nosotras todo el rato. Alfred en realidad era Mildred, aunque eso si, igualmente arrogante, bacilona y con un punto de altivez.

lunes, 5 de octubre de 2009

De cuando eramos jovenes III. El desenlace

Ya del alba al despertar, yucaidi, yucaida. La mañana clara esta, yucaidi aida.
Todas las mañanas irremediablemente a las ocho. Hiciese frío o calor, lloviese o estuviese el sol en todo lo alto, nos despertaban con esta tonadilla tan... ¡Como la llegue a odiar!
“¡¡Vamos holgazanes, mirar que día tan esplendido hace!!
Ya te podías meter el día por...”
Todas las mañanas durante al menos quince días.
Hay que decir que de esto ya hace unos años, no obstante hay cosas que no cambian.


Bajo el influjo de unos cafés, unas galletas, una tapina de jamón y unos irreductibles fosquitos que logran levantarnos el animo, tal vez alicaído por la ingesta alcohólica de anoche, elucubramos sobre el puente romano que tenemos frente a nosotras, testigo sin duda de otras historias, de otras aventuras que imaginamos maravillosamente imperiales. Hace ya mucho que las últimas sandalias romanas pasaron por aquí y aún sigue en pie, tan sólido como antaño; tan sólido como el pan que compramos y que nos deja con la boca abierta por su peso. Estamos tan acostumbradas a comprar pan relleno de aire, que ahora, con esta contundencia cocinada en horno de leña, no damos crédito a lo que se nos engaña en la boutique del pan.


El camino que nos queda a partir de aquí, es la única dificultad física que nos vamos a encontrar en todo el recorrido. El puerto de Vegarada. Y es con estos pensamientos en la cabeza (¿Ana Moro en que pensara?), que dejamos atrás este valle de lobos. Quito de mi mente, pues aún esta en pie el chalet donde ocurrió, aquel día en que alguien, yo no, robó aquella flor para entregársela a la chica que ahora está conmigo (na na nanana). Cambio aquel recuerdo por el de la misma chiquilla corriendo carretera alante llorando, chillando y volviendo a llorar por querer irse con su padre. Pienso en las cuestas del puerto igual que recuerdo la poza donde nos bañábamos, en las piedras pintadas con el nombre de nuestro grupo, en las noches de fuego, en el escaqueo de nuestras obligaciones, en Getino, dueño de uno de los bares de Cerulleda, en Redipuertas, que nombre mas guapo.


Como nuestra máxima es tomarnos las cosas con calma, detenemos nuestro pedalear en cuanto se inclina un poco la carretera. Y no por estar cansados que conste; si no porque recordamos también que en la zona en la que estamos ahora se encuentran ¿las cascadas del infierno? ¿las pozas del infierno? Felix, mas friolero que nosotras decide continuar, sin duda algún gusanillo le esta picando, por tanto somos Ana Moro y yo las que disfrutamos de un exiguo baño en las gélidas aguas del Curueño, que por ser río de montaña en estos lares, casi podemos llamar reguero.


Las cascadas, o pozas, o como quiera que se llamen, son dos bañeras encajonadas en la misma tierra tras años de erosión. Como diría aquel, dos remansos de paz, que escondidas de la carretera están tal y como las recordamos. Esperamos que sigan así por mucho tiempo.


Con el frescor del baño y solo, Ana va dedicándose a recoger romero, afronto las cuestas que me separan del alto de Vegarada, deteniéndome de vez en cuando a hacer alguna foto y también renegar de la desolación que significa una estación de esquí, en este caso la de San Isidro.
Que pensamientos mas hipócritas se me pasan por la cabeza, debe ser el sol, ya que en invierno y con el monte cargado de nieve, soy el primero en disfrutar del deporte del esquí.


La puerta de Faro, el Faro Huevo, el Oso. Todos estos picos al alcance de la mano. Ya estamos arriba. De aquí, todo para abajo.
¡¡¡Ana Moro!!! Tiranos una foto que esto es para celebrar.


Aunque mi primera idea es pasar aquí otra noche mas, decidimos bajar. Es temprano y si se nos da bien, podemos estar a una hora prudencial cada cual en su casa y el señor en la de todas. Así que sin mas preámbulos y después de cerciorarnos de que el coche también puede venir detrás de nosotras, eso si, con mucho cuidado, iniciamos el descenso.
Como explicar lo que se disfruta una bajada en bicicleta de unos diez quilómetros por una pista de tierra. Todavía hoy, mientras escribo estas líneas, me tiemblan los brazos.


Tres días y dos noches de disfrute cicloturista. Tres días de recuerdos intensos para mi, tres días de reencuentro con un río, el Curueño. Dos noches de estrellas fugaces y deseos en silencio. Tres días y dos noches que serán mis próximos recuerdos durante una temporada.


P.D. A poco que vos guste la bicicleta y por no tener apenas dificultad, esta es una aventurilla del todo recomendable y la parte del Curueño sin duda lo mas guapo, al menos para mi.