jueves, 15 de octubre de 2009

Alfred

Recuerdo el día en que conocimos a Alfred. Un día deslucido, con el sol arrinconado por las nubes y la mar no queriendo dar una oportunidad a aquellos minúsculos aprendices de surfistas, con sus tablas y sus neoprenos, atentos a las indicaciones del profesor en aquella arena húmeda y fría.
Nosotras, por nuestra parte, nos dedicábamos a pasear entre las dunas de la playa, deteniéndonos cada poco a observar el devenir de la vida, escapando del tedio de aquella mañana gris y aburrida.
En un primer momento no nos dimos cuenta de su presencia, la cámara silo se fijaba en los juncos y en el movimiento del agua, pero allí estaba, mimetizado. Fue después de un rato cuando lo sentimos mirarnos arrogante, en actitud chulesca, bacilón, con un punto de altivez y en gran medida resuelto a dar el espectáculo.


Por lo que mas tarde nos contó, pertenecía a una familia acomodada. Había nacido en un mullido nido de plumas, virutas, líquenes y demás elementos susceptibles de ser usados en la dignidad de un hogar. Se jactó también de tener una innata virtud; ya desde pequeño, tocaba en demasía los güevos. Al ser el primero en nacer con respecto a sus hermanos y hermanas, aprovechaba para pasearse por encima de sus ovo-receptáculos, con el único y simple propósito de demostrarle a sus progenitores que él estaba por encima de todo, y sobre todo, de todos.
A estas alturas, el crédito que le estaréis dando a estas palabras, debe ser proporcional al que nosotras le dimos en aquel momento a aquel pato insultantemente insolente. Pero que queréis, después de descubrir la capacidad verborreica de Alfred, como que nos daba un poco igual si lo que contaba tenia sentido o no, ya era suficientemente raro estar allí en medio escuchando hablar a un pato.
Cuando ya la confianza fue mutua, Alfred nos explicó que estaba en esa edad peligrosa donde la soledad limita al norte con el afán de crear una familia y al sur con el pertinaz deseo de ser libre todo el tiempo posible. Sin contar con que el este tiraba de él con instintos migratorios, mientras que el oeste le empujaba por su parte al acomodaticio bien estar de esa pequeña laguna en la que se encontraba.
Al final, como queriendo zanjar la charla y sin mas preámbulo, nos despidió con un adiós muy buenas y se fue entre risas.
Como comprenderéis, nosotras tardamos un rato en reaccionar y en ese breve espacio de tiempo volvió a aparecer y nos espetó a modo de excusa:”prefiero esconder la cabeza, antes que como vosotras, meter la “pata”, y resalto esta palabra, hasta el fondo”.


Al final del día y tras mucho mirar las fotos que nos había dejado hacerle, caímos en la cuenta de que se había estado riendo de nosotras todo el rato. Alfred en realidad era Mildred, aunque eso si, igualmente arrogante, bacilona y con un punto de altivez.

2 comentarios:

  1. Jolín, claro que recuerdo a Alfred-Mildred, jajaja, cómo nos tomó el pelo! tienes razón, yera altiva y arrogante pero también tenía esa especie de carisma de la que disfruten sólo los más privilexiaos, esa clase de atracción fatal que fae que nun puedas dexar de mirala, confiesa, esa pata consiguió enamorate y por eso nun dexaste de facei semeyes.

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  2. jajajjajajja... muy bueno... mejor dicho muy buena.

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