lunes, 5 de octubre de 2009

De cuando eramos jovenes III. El desenlace

Ya del alba al despertar, yucaidi, yucaida. La mañana clara esta, yucaidi aida.
Todas las mañanas irremediablemente a las ocho. Hiciese frío o calor, lloviese o estuviese el sol en todo lo alto, nos despertaban con esta tonadilla tan... ¡Como la llegue a odiar!
“¡¡Vamos holgazanes, mirar que día tan esplendido hace!!
Ya te podías meter el día por...”
Todas las mañanas durante al menos quince días.
Hay que decir que de esto ya hace unos años, no obstante hay cosas que no cambian.


Bajo el influjo de unos cafés, unas galletas, una tapina de jamón y unos irreductibles fosquitos que logran levantarnos el animo, tal vez alicaído por la ingesta alcohólica de anoche, elucubramos sobre el puente romano que tenemos frente a nosotras, testigo sin duda de otras historias, de otras aventuras que imaginamos maravillosamente imperiales. Hace ya mucho que las últimas sandalias romanas pasaron por aquí y aún sigue en pie, tan sólido como antaño; tan sólido como el pan que compramos y que nos deja con la boca abierta por su peso. Estamos tan acostumbradas a comprar pan relleno de aire, que ahora, con esta contundencia cocinada en horno de leña, no damos crédito a lo que se nos engaña en la boutique del pan.


El camino que nos queda a partir de aquí, es la única dificultad física que nos vamos a encontrar en todo el recorrido. El puerto de Vegarada. Y es con estos pensamientos en la cabeza (¿Ana Moro en que pensara?), que dejamos atrás este valle de lobos. Quito de mi mente, pues aún esta en pie el chalet donde ocurrió, aquel día en que alguien, yo no, robó aquella flor para entregársela a la chica que ahora está conmigo (na na nanana). Cambio aquel recuerdo por el de la misma chiquilla corriendo carretera alante llorando, chillando y volviendo a llorar por querer irse con su padre. Pienso en las cuestas del puerto igual que recuerdo la poza donde nos bañábamos, en las piedras pintadas con el nombre de nuestro grupo, en las noches de fuego, en el escaqueo de nuestras obligaciones, en Getino, dueño de uno de los bares de Cerulleda, en Redipuertas, que nombre mas guapo.


Como nuestra máxima es tomarnos las cosas con calma, detenemos nuestro pedalear en cuanto se inclina un poco la carretera. Y no por estar cansados que conste; si no porque recordamos también que en la zona en la que estamos ahora se encuentran ¿las cascadas del infierno? ¿las pozas del infierno? Felix, mas friolero que nosotras decide continuar, sin duda algún gusanillo le esta picando, por tanto somos Ana Moro y yo las que disfrutamos de un exiguo baño en las gélidas aguas del Curueño, que por ser río de montaña en estos lares, casi podemos llamar reguero.


Las cascadas, o pozas, o como quiera que se llamen, son dos bañeras encajonadas en la misma tierra tras años de erosión. Como diría aquel, dos remansos de paz, que escondidas de la carretera están tal y como las recordamos. Esperamos que sigan así por mucho tiempo.


Con el frescor del baño y solo, Ana va dedicándose a recoger romero, afronto las cuestas que me separan del alto de Vegarada, deteniéndome de vez en cuando a hacer alguna foto y también renegar de la desolación que significa una estación de esquí, en este caso la de San Isidro.
Que pensamientos mas hipócritas se me pasan por la cabeza, debe ser el sol, ya que en invierno y con el monte cargado de nieve, soy el primero en disfrutar del deporte del esquí.


La puerta de Faro, el Faro Huevo, el Oso. Todos estos picos al alcance de la mano. Ya estamos arriba. De aquí, todo para abajo.
¡¡¡Ana Moro!!! Tiranos una foto que esto es para celebrar.


Aunque mi primera idea es pasar aquí otra noche mas, decidimos bajar. Es temprano y si se nos da bien, podemos estar a una hora prudencial cada cual en su casa y el señor en la de todas. Así que sin mas preámbulos y después de cerciorarnos de que el coche también puede venir detrás de nosotras, eso si, con mucho cuidado, iniciamos el descenso.
Como explicar lo que se disfruta una bajada en bicicleta de unos diez quilómetros por una pista de tierra. Todavía hoy, mientras escribo estas líneas, me tiemblan los brazos.


Tres días y dos noches de disfrute cicloturista. Tres días de recuerdos intensos para mi, tres días de reencuentro con un río, el Curueño. Dos noches de estrellas fugaces y deseos en silencio. Tres días y dos noches que serán mis próximos recuerdos durante una temporada.


P.D. A poco que vos guste la bicicleta y por no tener apenas dificultad, esta es una aventurilla del todo recomendable y la parte del Curueño sin duda lo mas guapo, al menos para mi.

7 comentarios:

  1. Me encantó Dañel, guapísimo :****

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  2. De nuevo tus fotos son chulísimas. La de las sombras por ejemplo...¡¡muy buena!! y las otras, y todas.
    En cuanto al puente romano, supongo yo que habrá algún libro o algo en el que se recojan todos los que hay por España, que hay un buen montón. Por no contar los de Francia, la propia Italia, la costa dálmata y más y más. Qué buenos que eran los romanos construyendo puentes y construyendo en general.

    Confieso que del río Curueño no había oído hablar en mi vida. Afortunadamente ahora ya sí que sé algo de él.
    Y algo de tus recuerdos...

    Besosssssssss
    (una "montonera" más o menos)

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  3. Me nudo cronicrón.... cargado de historia, de recuerdos y de sabores.
    La bici la abandone hace un tiempo así que lo tendré que hacer andando.
    Besos

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  4. En esto del blog estás tan vago como yo. Hala a ver si te escribes algo.
    Pero que no venía aquí a echarte bronca, que venía a dejarte un beso.
    Pues eso, ahí queda. El beso, digo.

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  5. Eso ... eso ... a escribir.... se lo voy a decir a Donpe.
    Saludos

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  6. ¿Te has fugado con Cristina?... hay que ver que vagos estais.
    Saludos

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  7. Dañel, mira lo que dice Eugenia.
    Qué lista es la tía.

    Nos han pillao...

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