domingo, 20 de junio de 2010

La vida es una tómbola (y siempre nos acordaremos de la niña Marisol)

La vida es una tómbola. Ton, ton, tómbola. Y tal vez de ahí venga la historia que determina mi relación con la esponjosidad de las nubes. Cirros, cúmulos y estratos, como decía el ínclito Javier Krahe.


Todo gira en torno al sistema que circunda de azúcar una varilla de madera. ¿Os acordáis de aquel maravilloso y dulcísimo algodón que vendían en ferias, fiestas y tómbolas? ¿Ton, ton, tómbolas?
Nada de manzanas recubiertas de caramelo. Nada de garrapiñadas. Nada de avellanas tostadas. Lo mas de lo mas. Lo “in”, el algodón de azúcar.
La simple visión de aquel invento que convertía el azúcar en finísimas hebras y la técnica depuradísima del algodonero para dar giros de muñeca y ofrecerte un espectáculo de azúcar en rosa, verde o naranja, producían salivaciones excelsas que amenazaban ahogos placenteros.
Mmmmmmmmmmmm. Que rico.
Casi sin llegar al borde de aquel maravilloso ingenio y metiendo la nariz entre efluvios dulcísimos, alcanzaba un éxtasis casi casi religioso. Solo la voz de mama, que como en un susurro lejano, decía: “aparta Daniel, deja trabajar a este señor”. ¡Madres! Nunca entenderán que aquello no era un trabajo, si no una suerte de alquimia inexplicable de las que solo unas pocas tenían la receta.
Ahora, algo más grande (en todos los sentidos), se me pasa por la cabeza, que igual entonces, que carajo de policías o bomberos íbamos a querer ser. A lo sumo astronautas por lo de estar cerca de las nubes. Pero estando en fiestas y en aquel preciso momento en que el azúcar se convertía en un manjar pegajoso, lo que el corazón y nuestras papilas gustativas nos pedían, era crecer deprisa para convertirnos en maestras del algodón de azúcar.
Y todo esto solo con acercarnos a meter la nariz a la máquina productora de dulces sueños. Porque después, una vez el algodón en tus manos y tras comprobar que aquello no desinflaba al primer mordisco, lo alzabas al cielo y te imaginabas como un pajarillo, que subiendo a lo mas alto, picotea alegremente nubes de algodón con la misma consistencia que creíamos que tenían las del cielo. Los mismos colores que hubiésemos querido que tuviesen las del cielo. El mismo sabor y el mismo olor que... ¿A qué huelen las nubes?
La esponjosidad de las nubes.
Que extraña sensación la de mirar al cielo y creernos niños o niñas teniendo entre las manos un riquísimo algodón de azúcar.
Que momentos los de pararse a mirar las nubes y pensar, que la vida no es mas que una tómbola. Ton, ton, tómbola.


P.D. Aquel alegre pajarillo que picoteaba alegremente un riquísimo algodón de azúcar, hoy se asemeja mas a un zepelín que sueña con la esponjosidad de los cachopos de León, especialidad del bar-sidreria Santander.

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