miércoles, 13 de julio de 2011

Errático y sacaberil

Me había costado tanto subir hasta allí, que no me dio tiempo a perderlo pensando en bajar.
Es algo intrínseco en el carácter de las personas, el recordar la hazaña de los retos conseguidos y no nos importa perdernos los detalles del paso lento y las cabezas gachas que nos llevaron a lo mas alto.
Dedicamos nuestro tiempo a disertar sobre crestas, cimas y vertiginosas vistas sobre eso que llamamos lontananza, que nos olvidamos, la mayor parte de las veces, de que todo lo que sube, irremediablemente tiene que bajar.
El camino de vuelta se torna cansino por el esfuerzo realizado y aunque este sea a través de un manto de flores, solo retenemos las imágenes de la cercanía del cielo. Nos resulta mas impresionante la envergadura lejana que la grandeza cercana del minúsculo batir de alas minúsculas. Nos recreamos con la luz que baña un paisaje impresionantemente diáfano, pero no apreciamos ese rayo cegador, que como en un circo con una sola pista, ilumina la actuación central del día y que generalmente tiene lugar a nuestros pies.
Pensarlo. La altura de nuestras miras, debería estar a la altura de lo importante. Pensando que a veces, lo importante, no siempre está por encima de nuestras cabezas.























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